Malouines, Falklands, Malvinas: tres denominaciones históricas para mentar al archipiélago austral, cuya severidad climática se contrapone al trato respetuoso de sus pobladores. La vida rural y la urbana, encuentros con el pasado reciente y una rica avifauna marina que atrae a viajeros de todas partes.

Por Rossana Acquasanta
Fotos de Cecilia Lutufyan y Archivo BFP.

Borre la palabra kelper de su vocabulario. Es un anacronismo. Hace mucho que el habitante de lasMalvinas dejó de cosechar kelp, alga que las mareas van amontonando en las escarpadas costas. Sepa que desde que las tierras son propiedad privada, los isleños se convirtieron en ranchers. 

No crece un árbol en este sur irremediable, un paisaje expuesto a los vientos feroces e irreductibles del sur y el oeste en el que pocos vegetales se animan a despegar del suelo. El más exitoso es el diddle-dee (Empatrum rubrum), que crece apretadamente y muy pegado al terreno; los frutitos rojos de esta gruesa e infinita alfombra son devorados por los gansos salvajes y convertidos en mermelada por las señoras hacendosas. 

El archipiélago, a 50 km al este del Estrecho de Magallanes, está formado por dos grandes islas (Falkland occidental –donde se asienta Stanley, ciudad capital– y su homónima oriental) y una gran cantidad de otras muy pequeñas, hasta sumar 750. Las distingue la escabrosidad de sus costas, donde es posible descubrir bahías muy bonitas, y el carácter esponjoso de su superficie, dado que este territorio insular es un vasto turbal de escasa altura. El pico más elevado es el monte Usborne, en la isla oriental, y apenas pasa los 700 metros.

Si siente curiosidad por saber cómo son esas islas, vaya, nada se lo impide: cualquier argentino que lo desee puede entrar si cumple con el requisito básico del pasaporte en regla. Hay un vuelo semanal de la compañía Lan procedente de Punta Arenas (Chile) que aterriza en Mount Pleasant, y una vez al mes hace escala en Río Gallegos, de ida y de vuelta. Eso sí, rompa el chanchito: este mundo aparte es más caro que Inglaterra; la logística para la obtención de insumos es complicada y casi todo llega por avión. 

Mount Pleasant es aeropuerto militar, “por eso está prohibido sacar fotos desde el aire, y además no sería nada raro que cuando estén por descender aparezcan dos Tornados y los escolten a modo de bienvenida”, advirtió Carlos Pelli, uno de los organizadores del viaje de LUGARES a  Malvinas. No hubo escolta el día que llegamos, pero sí reiteraron la advertencia de que no se podía sacar fotos.

Aseguran que los soldados de esta base son muy felices; están aquí y no en Oriente Medio (por ejemplo) y cada año de servicio les vale por tres, así que su única preocupación es hacer horas de vuelo que necesitan computar. Incluso les hacen la gauchada a los rancheros de llevar y traer ovejas, dado que las comunicaciones terrestres son muy limitadas. Re-cool las ovejas de Malvinas.

Fiebre de sábado a la noche

La capital ya no es Port Stanley sino Stanley a secas, ciudad que tiene la virtud de parecer enorme sólo cuando se vuelve a ella después de tocar otros enclaves de las islas. Pero de entrada es como se la ve: mínima, de casas con techos a dos aguas y una calle principal, la Ross Road, que sigue la línea de una ensenada apaisada. No son más de cinco las paralelas a esta arteria y sus obligadas transversales, de manera que la actividad urbana toda tiene lugar en una reducida área. Las dos iglesias (una catedral anglicana –la Christ Church– y el templo  cristiano de St. Mary), la sede del Penguins News (el diario de la isla), un par de hoteles y un puñado breve de negocios se van desgranando sobre dicha calle. 

Frente al embarcadero destacan las Jubilee Villas, una gran mole compuesta por casas urbanas típicas de 1887, construidas en honor a la Reina Victoria. Yendo hacia el oeste se llega a tres monumentos: elde la Liberación (1982), el erigido a los Royal Marines y el que conmemora la batalla naval (1914) entre británicos y alemanes. La Casa de Gobierno y la escultura del Sistema Solar (ingeniosa representación del sol y sus planetas en escala) aparecen en el mismo recorrido, que se continúa más allá del Jhelum (barco abandonado y tomado por las aves acuáticas) para llegar hasta el museo de las islas, en laBritannia House. Del citado embarcadero hacia el este, el paseo se prolonga en dirección al cementerio y al cercano memorial dedicado a los británicos caídos en el 82. 

Stanley reluce de pulcritud extrema en la vía pública y se abstiene de las ostentaciones edilicias o de cualquier exceso que no sea el de la profusión de colores con que fueron pintadas las viviendas; el jardín de invierno y el prolegómeno de la parcelita de tierra donde prosperan algunas botánicas ornamentales es todo el lujo que sus habitantes se dignan mostrar. El resto es calma chicha, aún en verano cuando su ritmo se ve ligeramente alterado gracias a dos rutinas extraordinarias. 

Una es la llegada de los cruceros que, dos veces por semana, aquí recalan en su ruta a las Georgias o a la Antártida; los turistas se dirigen en tropel a hacer shopping, a caminar casi sin desviarse de Ross Road, a irse con alguna excursión a ver fauna o a conocer una propiedad rural, y antes de que la tarde expire ya están todos de vuelta en su refugio flotante. El otro acontecimiento sucede cada 15 días, como cierre del obligado rito de los sábados de ir de pubs a partir de las seis de la tarde. 

Estamos de suerte: hoy es uno de esos sábados clave. Nuestro anfitrión Ezequiel Gatti –socio de Carlos Pelli en esta aventura de promocionar las islas como destino turístico a descubrir– está feliz con esta coincidencia. De su mano iniciamos el recorrido vespertino y enfilamos hacia The Globe, a pocos metros del puerto. ¿Argentinos, no? Oh iéssss. En segundos, buena parte de los allí presentes reacciona con saludos de bienvenida, apretones de manos, preguntas… “Los argentinos son bien recibidos”, nos susurra Ezequiel, un habitué de Stanley y conocedor a fondo de la sociedad malvinense. “Antes del conflicto,Tierra del Fuego solía ser la escapada natural de los isleños; incluso había familias que iban a tener sus hijos en Argentina porque la calidad de los hospitales era mejor, o se educaban en colegios argentinos, y no tenían miedo a su vecino, aún a sabiendas del reclamo territorial”, añade.

Los decibeles están a punto de derrumbar paredes en el Deano’s Bar, el otro pub que está colapsado de un público dispuesto a bailar hasta desencuadernarse. Minutos antes de las once, hora inexorable de cierre, la barra hierve: nadie sale de aquí sin el cargamento de cervezas para prolongar la noche en otra parte. La marea nos arrastra y llenamos cuanto vehículo disponible hay en la calle para ir hasta The Through (El Chiquero), un tugurio donde tocarán The Fighting Pigs. El cantante del grupo pertenece a la Royal Falkland Islands Police y se llama Len McGill; falla en esta ocasión, pero igual largan con la música en vivo y un desborde de cervezas como para ahogarse en masa. 

Domingo: la memoria

Ya son parte del paisaje esos restos de aviones y helicópteros derribados; un ala, fuselajes, mecanismos retorcidos, asientos de aviadores eyectados quedaron como testimonios del conflicto en estos museos a cielo abierto. Si aterrizar en una base militar impresiona un poquito, más sobresaltan los alambrados que flanquean los caminos con señales de advertencia sobre las minas desperdigadas del otro lado. Son 117 los campos minados, censados y acotados, pero como muchos de los artificios explosivos fueron arrojados desde los helicópteros, ésos cayeron en cualquier lugar, y si bien hay un programa aprobado para desminar, los isleños, pragmáticos, quieren aplicar el presupuesto disponible a otras necesidades. Nunca pasó nada –insisten– salvo la pobre vaca que se voló la cabeza… 

Tony Smith es uno de los mejores guías del archipiélago y fue el primero en empezar a armar salidas para grupos muy reducidos. Con él pasaremos el día recorriendo hitos clave de la guerra y nos regalaremos la tregua de un apacible picnic junto a un arroyo de cauce breve, con la figura del Usborne en el horizonte montano. 

Al suroeste de Stanley, los cursos de agua se escurren por un suelo de apariencia lisa, como dibujados en la hierba. Pasada la base, las praderas y los ríos claros, en plena nada se perfila la imagen de Goose Green, justo frente a Darwin. El primero es un caserío rural (aquí viven unas 25-30 personas) con un amplio muelle que acerca a los restos de un antiguo barco británico que, especulan, llevaba oro. Y aquí, enColina del Ganso (no ganso verde, como mal tradujeron los militares) también hubo pesto hace 27 años. En el edificio con su torre alta (la ex municipalidad) habían encerrado a todos los habitantes durante 29 días, después de que se negaran a colaborar con los argentinos; luego fueron éstos –mil soldados– los que padecieron cautiverio en un gran galpón de esquila antes de ser repatriados. Sobre el techo se pueden ver todavía las desteñidas letras POW (prisoners of war), advirtiendo que allí había prisioneros de guerra. 

Los corrales están casi vacíos; los perros ovejeros ladran en sus jaulas, animados por nuestra presencia. A través del portón entreabierto del gran galpón de las tres letras se ven ovejas que miran sin soltar balido, a la espera de la poda necesaria: la lana les cubre casi hasta los ojos. Prisoners of wool, eso son.

El cementerio argentino ocupa una loma en el paisaje ralo y ventoso de Darwin. Las 230 cruces blancas custodian las lápidas sobre las que se reitera la inscripción de “Soldado argentino sólo conocido por Dios”; muchos están mezclados bajo este suelo ajeno. E igual que en tantos otros cementerios de guerra del mundo, reina aquí la eterna tristeza del absurdo.  

Sobre la cresta del monte Sussex, en San Carlos, tres molinos de energía eólica palean el viento frenéticamente; desde este mirador se aprecia clarito la entrada del océano hasta la bahía donde el desembarco británico tuvo lugar, y al espacio aéreo se lo bautizó el callejón de las bombas, que es por donde los aviones argentinos entraban para bombardear los barcos ingleses. Sobre la costa hay un pequeño museo de la guerra, que compunge por su sencillez. 

San Carlos
 es la sede del otro cementerio, el de los 14 soldados de Su Majestad. Una tumba separada de ese conjunto llama la atención; es la del piloto de un helicóptero que cayó dos años después del conflicto y su viuda quiso que aquí fuera enterrado.  


Lunes y martes. Fauna salvaje 

Iremos a la isla Sea Lion, ubicada a 10 millas de la costa sur de la Falkland oriental, y desde Stanleyson unos 20 minutos de vuelo en un Islander, avioncito para seis pasajeros. Antes de salir nos pesan para rectificar lo declarado previamente (peso real + el que da con la ropa puesta); la diferencia entre la suma de los pesos (pasajeros y equipajes) y la carga que pueden transportar, se completa con mercadería.

Sea Lion tiene 8 km de largo por casi 2 de ancho. Esta Reserva Natural de 905 hectáreas, donde sólo habitan las cuatro personas que trabajan en el hotel (único vestigio humano) es un lugar fascinante; da para hartarse observando al diminuto pingüino rock hopper (el de penacho amarillo) y al refinado gentoo, más alto que el magallánico (que también hay), de pecho todo blanco y dorso negro; a los gansos salvajes; a los cormoranes real y de roca, a los varios petreles y a los confianzudos caracara; a la escurridiza becasina, al quetro y al gran skua (depredador de pingüinos indefensos), a los elefantes y lobos marinos, y ocasionalmente a las focas leopardo.
No más llegar, el plan es almorzar antes de salir en Land Rover con Jessy, la encargada del lodge, para hacer un recorrido de los sitios a los que cada cual podrá volver, en saludable caminata.

El dominio de los elegantes y esbeltos gentoos está a pasos del hotel; ocupan toda la playa, andan, otean, se detienen y quedan en esa actitud contemplativa tan peculiar, como si estuvieran esperando algo. Y no hay experiencia mejor que verlos antes de la salida del sol, cuando la vida animal se va desperezando en silencio. Es un momento mágico. La luz del amanecer encendiendo los pechos blancos de los gentoo, que, incontables, van congregándose al borde de la larga loma que bordea la bajada al mar. El sol se hace visible y la gran marcha de los pingüinos ya no hay quien la detenga. Vistos de atrás, son una masa negra en movimiento, y de frente, tan níveos relucen que parecen chicos de colegio. 

Los rock hoppers se reúnen en los acantilados; estos pingüinos son muy pequeños pero tenaces, hábiles en trepar las paredes estratificadas del farallón brinquito a brinquito hasta alcanzar la cima. Aquí comparten escenario con los cormoranes –sus nidos erizan la plataforma del farallón– que convirtieron el entorno en un mar chirle de guano. Quien se anime a llegar hasta el borde del acantilado sin resbalar y asomarse al abismo, descubrirá vistas tan dramáticas como inverosímiles. El hábitat devuelve extrañas visiones de una geología fragmentada como milhojas y tallada en formas geométricas angulares; el muestrario de piedras cortadas como por un diamante reúne trapecios, rectángulos, cuadrados, triángulos… ni una curva. Es el art déco que inventó madre Natura.

Miércoles y jueves. Encuentros cercanos con el oeste

De Sea Lion volamos a Port Howard, donde pastorean más de 40 mil ovejas y unas mil vacas. Aterrizamos en un descampado y ahí nos están esperando Sue y Wayne Brewer, dueños del Port Howard Lodge, donde nos alojaremos. 

Sue es isleña y trabajó como mucama en la casa que ahora habita y que fue la residencia del administrador de las tierras del lugar, pertenecientes a la J. L. Waldron Ltd. A Wayne, inglés y camionero, lo conoció en UK, adonde se fue a mediados de los 80; juntos volvieron al sur, después de comprar el inmenso caserón de la mencionada compañía inglesa. Es un reino para Sue en el que abundan las miniaturas como elementos decorativos, en especial chanchitos; ella es quien cocina y regaña a los huéspedes que no dejan el plato limpio, desoyendo cualquier argumentación sobre la extrema generosidad de las raciones. 

Junto a la casa, dos cañones instalados como si fueran enanitos de jardín anticipan la existencia de un pequeño museo de la guerra. En él se expone todo lo hallado por ahí de los tres aviones caídos en Port Howard: latas de comida, algunas armas, ropa, fotos, zapatillas (pobres pies de soldadito en ese invierno austral), marmitas… Los objetos mínimos, más grandes que cualquier plan geopolítico. 

En esta isla fluyen ríos pródigos en truchas; se corrió la voz y los amantes del catch & release están llegando, en especial del UK, para probar suerte en las corrientes del Warrah y el Chartres

Port Howard es la granja más antigua de la West Falkland, y también la más grande de las que sobrevivieron a la reforma agraria de los 70 (ver recuadro histórico). Habitantes tiene 30, así que más previsibles los días no pueden ser. Hay un almacén que abre lunes, miércoles y viernes y sólo durante una hora, y el club social no se habilita salvo en ocasiones especiales. También juegan al golf en Clippy Hill, 9 hoyos camino a la pista de aterrizaje y donde en vez de búnkers tienen un campo minado. 

A finales de febrero la esquila prácticamente ya concluyó. De todas formas nos aventuramos a pedir permiso en la propiedad Harps para visitar sus galpones. Nos recibe Kenneth McKay, cuarta generación de escoceses venidos de la isla de Mainland. Hace apenas minutos que acaban de terminar de rapar las últimas ovejas de un rebaño de ocho mil. Testimonios de ese trabajo son los fardos de 200 kg de toda la lana compactada mecánicamente, algunos vellones sueltos, los tachos repletos de envases de las cervezas que cayeron durante los descansos. Kenneth es un hombre robusto, enorme, jovial; nos explica que los días de esquila empiezan en noviembre y el cronograma es así: después de desayunar, trabajan 90 minutos y cortan para un tentempié; otros 90 minutos, almuerzo, descanso y retoma de tareas. A la hora y media, otro recreo, retoma y fin de la jornada. McKay vive en la isla todo el año y de acá no sale más que para irse de vacaciones a Escocia, a visitar la familia.

Viernes. Pingüinos reales y milanesas

A estas aves que no vuelan y van con sus alas delgadas caídas a los costados como brazos, cuesta no verlas como personitas. El antropomorfismo es más inevitable viendo a los bellísimos, altivos pingüinos reales; 80 cm de alto, su plumaje colorido de delicadísimas líneas y el fulgor de las iridiscencias amarillo-anaranjadas en el pecho. Estos pingüinos empollan los huevos y protegen las crías sobre sus robustas patas. Para emitir el rítmico y prolongado código de llamada que los caracteriza, el real estira el cogote todo lo que puede y, pico en alto, grazna. 

La comunidad de los reales es la más grande del archipiélago y ocupa un área vasta y adunada enVolunteer Point, donde el mar es de intenso color turquesa. Grupos de gentoos y magallánicos se mezclan con los reales en el ir y venir por tan concurrida playa, en la que los humanos debemos ser la gran atracción para estos falsos tipitos. 
Aquí se llega sólo en 4x4 y con guía. Son dos horas de viaje y las tres cuartas partes discurren a campo traviesa. Después de sortear un pedral tremendo, se vislumbra la que fuera la casa del gobernador isleño (1843) en Puerto Soledad, así bautizado por los españoles luego que se lo compraron a los franceses (para ellos era Port Louis: por Louis Bougainville, fundador del asentamiento); se trata de la piedra fundamental de lo que hoy es Stanley, lugar al que se trasladó en 1846. Pasado Johnson’s Harbour, hay que enfrentar una hora y 20 minutos de demoledor traqueteo yendo sobre el turbal.

Descoyuntados pero pipones de fauna salvaje, de vuelta en Stanley nos preparamos para vivir una despedida muy especial. Es noche cuando llegamos a lo de Arlette Betts, isleña de pura cepa que supo convertir su espaciosa casa en coqueto bed & breakfast. “El vecindario aquí es muy tranquilo”, ironiza su amiga Colleen Alazia-McLaughlin –otra isleña maravillosa, dueña del hotel Miller–, aludiendo al cercano cementerio. Anfitriona perfecta, muy divertida, la apasionada Arlette –que se declara fanática de Buenos Aires– nos recibe como si nos conociera de toda la vida; para nosotros descorcha preciados vinos chilenos y para nosotros cocina, orgullosa, una parva de milanesas. ¡Milangas!, gritamos con euforia. Además de una carísima ensalada mixta (con tomates cherry, lechugas variadas, palta…), no faltan las papas fritas ni el limón para rociarlas, que en esos días había llegado a costar una libra esterlina la unidad. 

Es un final grande, que con sabor a casa propia va alimentando risas y revisionismos históricos. “Gracias a la guerra, conquistamos status de ciudadanos británicos”, apunta alguien. ¿Qué eran hasta ese momento? “Antes del 1° de enero del 83 éramos considerados ciudadanos de los Territorios Dependientes de Gran Bretaña, una categoría que limitaba nuestros derechos de entrada y permanencia en el Reino Unido”.  

De todas maneras no es tan simple irse de acá: la ley obliga a los isleños a tener un mínimo de seis meses de permanencia para gozar del derecho de propiedad; esta medida impide que vivan de rentas.

El conflicto del 82 ubicó las Falkllands en el mapa y desde entonces están en la mira del mundo. En los últimos tres veranos, más de 60 mil turistas por temporada visitaron las islas. 

Según un censo de 2006, la población total de Malvinas es de 2.478 habitantes (cifra que excluye a los 1.500 militares de la base) y sólo en Stanley viven 2.115. El 54% nació en las islas, el 25% desciende de británicos, el 14% tiene ancestros en Santa Elena y el 5%... en Chile. Sobre esta curiosa mixtura se cimenta la identidad de los isleños, tan distinta a cualquier modelo británico conocido. Un viaje aleccionador Malvinas.

Por Rossana Acquasanta
Fotos de Cecilia Lutufyan

Publicado Revista LUGARES 159. Julio 2009